ALLENDE A 40 AÑOS LAUDA EN LA MEMORIA VIVA DEL PUEBLO

3 Sep

 

armando romero

 

LOGo.press

 

 

Respondiendo a las inquietudes

De una luchadora poblacional

Que preguntaba en relación

A lo que estaban mostrando

En la televisión chilena

En relación al golpe militar.

 

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Los 40 años del sangriento golpe militar, no puede ser equivalente  entre los conspiradores y gestores de la dictadura, con quienes fueron objeto de violaciones a los derechos humanos…en Chile el terrorismo de Estado impuso una cultura de muerte, donde el derecho a la vida fue negada a muchos chilenos.

 

El Clarín -Salvador Allende - 5 de septiembre de 1970  - DescontextoEse 4 de septiembre de 1970, abrazamos un sueño con alegría desbordante…comenzábamos a sentirnos  dueños de nuestro futuro, cantamos y bailamos esa calurosa noche de invierno…desde los campamentos, desde el campo y desde las fábricas, la sonrisa alumbraba esa Alameda.

A las 2.00 de la madrugada del día 5, desde los balcones de la Fech, Allende confirmó su victoria y pidió serenidad y disciplina. Un abogado democratacristiano había llamado momentos antes al comando, instándolos a que se declararan vencedores y advirtiéndoles que se gestaba un fraude en el recuento de votos.
En las horas siguientes, Agustín Edwards, dueño del diario El Mercurio, salió de Chile para reunirse el 15 de septiembre con el presidente Richard Nixon en un “desayuno de trabajo” en la Casa Blanca, al que también asistieron el asesor Henry Kissinger; el fiscal general, John Mitchell y el presidente de la Pepsi Cola, Donald Kendall. En esa cita, Edwards pidió ayuda para impedir que el médico socialista llegara a la Presidencia. Esa misma tarde Nixon instruyó al director de la CIA, Richard Helms: no había que escatimar esfuerzos ni recursos en la desestabilización de Allende.

Desde ese mismo día, desde las sombras la oligarquía  criolla comenzaba a conspirar, con el apoyo de la Casa Blanca que veía en el gobierno de Salvador Allende, un serio peligro para sus intereses…este pequeño país lograba concretar lo que se pensaba imposible, la vía electoral hacia el socialismo.

Inmediatamente después de la victoria de Allende, empresarios chilenos transfirieron capitales a Brasil, Argentina y a otros países de la región. Uno de ellos, Luis Fuenzalida, se asoció en Sao Paulo con Gilbert Huber Jr., quien junto con el ingeniero  Glyçon de Paiva había organizado, en el inicio de los años 60, el Instituto de Investigaciones y Estudios Sociales (IPES), del cual participaron los generales Goldbery do Couto e Silva y Heitor Herrera, junto a otros empresarios y militares. Esa entidad actuó paralelamente al Instituto Brasileño de Acción Democrática (IBAD), una fachada de la CIA, movilizando al empresariado local en contra del presidente Joao Goulart. Ellos traspasaron a Fuenzalida y los empresarios chilenos su experiencia en desestabilizar regímenes democráticos.

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En medio de la conmoción pública, de los intentos de conspiración, Salvador Allende fue ratificado por el Congreso como presidente electo y el 3 de noviembre asumió la primera magistratura. Delegaciones especiales de 73 países y otros invitados de la Unidad Popular asistieron al acto en el Congreso Nacional. En la tarde, el pueblo salió a la Alameda a celebrar, fue una fiesta ese día…hoy cuando vemos a los cómplices de la dictadura justificar el golpe militar, se hace necesario traer a la memoria el contexto histórico de esos años…

  “Luego de la asunción de Allende al gobierno, hombres de negocios de Chile vinieron aquí y pidieron consejo y yo les expliqué que ellos, civiles, tenían que preparar el terreno para que los militares se moviesen” -recordó Glyçon de Paiva en una entrevista a la periodista Marlise Simon, de The Washington Post-, agregando que les dijo: “La receta existe y ustedes pueden hornear la torta en cualquier momento. Nosotros vimos cómo funcionó en  Brasil”. 
La receta incluía la creación del caos económico y político, fomentar el descontento y profundizar el miedo al comunismo. Al mismo tiempo había que bloquear  las iniciativas legislativas de la Izquierda, organizar manifestaciones, atentados explosivos y sabotajes de todo tipo. Esa era la formula for chaos, que requería también de muchos fondos. Glyçon de Paiva argumentaba que “el dinero que los hombres de negocio gastan contra la Izquierda no es solamente una inversión, es una política de seguro”.
Los empresarios brasileños enseñaron a sus pares chilenos cómo usar a las mujeres “contra los marxistas”. Ya lo habían hecho con la campaña de las Mujeres por la Democracia (Camde), que seguía indicaciones de la CIA, y promoviendo las Marchas de la Familia con Dios por la Propiedad, contra el gobierno de Goulart.

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Mientras, en Chile, el empresario Eugenio Heiremans convenció al presidente de la Asociación de Empresarios Metalúrgicos (Asimet), Orlando Sáenz, para que encabezara un movimiento contra la UP desde la presidencia de la Sociedad de Fomento Fabril (Sofofa). Una de sus iniciativas fue convocar a un cónclave en Valparaíso, en septiembre de 1971, a los más importantes empresarios del país: Javier Vial, Hernán Cubillos, Ernesto Ayala, Eugenio Heiremans, Jorge Fontaine, entre otros, para convencerlos de que había que derrocar a Allende. Luego, viajó a Estados Unidos, Argentina y Brasil  para reunir fondos.

“Teníamos amigos a los que pedíamos la organización de grupos empresariales en distintas partes del mundo, a los cuales íbamos a contarles la situación por la que atravesaba Chile. ‘Miren, está pasando esto y estamos haciendo esto y esto. Si Uds. quieren ayudarnos, ayúdennos’. Tan simple como eso, y me daba media vuelta y me iba. Y el amigo que había organizado el encuentro después, sin decirme jamás el nombre, me decía: ‘Mira, sí nos ayudaron… y aquí hay tanto’. Estoy consciente de que esa estructura que le cuento permite que si la CIA alguna vez quiso meter plata en nuestras cosas, no tenía ninguna dificultad para hacerlo, porque era cuestión de que en cualquiera de estos núcleos inyectara recursos”, contó Sáenz años después a la historiadora Patricia Arancibia.

…pretender atribuir al gobierno de Allende, como responsable de la crisis política, es ocultad la verdad a las nuevas generaciones.

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Salvador Allende anunció en una concentración en el Estadio Nacional que se acabaría con los monopolios y los latifundios, y que se nacionalizarían las riquezas básicas. En los días siguientes, los ministerios de Educación y Salud expusieron un vasto plan; el canciller Clodomiro Almeyda notificó el apoyo de Chile para que China ingresara a la ONU y la reanudación de relaciones diplomáticas con Cuba y otros países socialistas. El cardenal Raúl Silva Henríquez declaró que las reformas básicas contenidas en el programa de la UP serían apoyadas por la Iglesia Católica….

Se  comenzaba a plasmar una conciencia social de clase, las asambleas en las fábricas, en las universidades, en los colegios y poblaciones…se debatía con una amplia participación del pueblo.  

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La  construcción del poder popular, se fue imponiendo desde abajo como una necesidad de avanzar hacia el socialismo. El PC propulso el control de los sindicatos, el PS promovió una táctica de masa para lograr el poder sindical. El MIR definió desde un principio el poder popular, como un accionar  revolucionario, desde la articulación de cordones territoriales, como herramienta de lucha y organización.

 

Los acontecimientos históricos fueron acelerando un proceso, que carecía del poder político de la sociedad. Los paros patronales, la huelga sediciosa de los mineros y los enclaves de la oligarquía en el congreso, en el poder judicial y los sectores empresariales. Fueron acorralando al gobierno, desestabilizando la institucionalidad democrática burguesa…la  política reformista y obsecuente del PC propiciaron las condiciones subjetiva, que desembocaron en el golpe militar.

Salvador Allende murió como un héroe; eso no lo duda nadie en todo el mundo. Ningún hijo de la tierra chilena ignora que Allende murió combatiendo conscientemente, sin esperanzas de salir vivo de la situación, si no se rendía. Y no se rindió. Así mueren los héroes y así murió Allende. Así murieron también miles de chilenos defendiendo la democracia aplastada por los tanques, carros blindados, aviones de combate y ametralladoras manejados por los militares insurrectos. Allende dijo una vez: “Que lo sepan, que lo oigan, que se les grabe profundamente: defenderé esta revolución chilena y defenderé el Gobierno Popular, porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo”.

 

Américo Zorrilla obrero dirigente comunista, fue sin lugar a duda pieza clave en cierta, decisiones del gobierno de la Unidad Popular, militante disciplinado adscrito a los designios, que provenían desde Moscú. La ex URSS no fue partidaria desde un principio de una segunda Cuba en la región, su cooperación  se limito hacia algunos aspectos económicos, culturales y fortalecer el rol del PC chileno al interior del gobierno.

 

En estas semanas los canales de televisión, se han dado un festín comunicacional, con documentales referente a los 40 años del golpe, eso sí nada dicen de la complicidad de la prensa de esa época, el rol de canal 13, radio agricultura,  la prensa de la oligarquía nacional, en la instigación y consumación del golpe militar.

Ese martes 11 de septiembre amaneció con un tibio sol, para después comenzar a nublarse…el bombardeo a La Moneda fue la consumación de los afanes de los grupos sediciosos, que traicionaron la constitución y los principios que sustentaba la democracia burguesa.  Ese mismo años se conoció los que aconteció en relación, a la muerte del Presidente Allende…los militares fraguaron la agnosia de la historia. Ya de por si la resistencia y muerte de Allende, le enrostraba su felonía, así nace la mentira comunicacional del supuesto suicidio  del Presidente.

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“Eran seis o siete minutos después de las dos de la tarde del día 11 de septiembre de 1973. Una patrulla de penetración de la Escuela de Infantería de San Bernardo, al mando de un capitán, irrumpió, cubriéndose con una cortina de ráfagas de fusiles FAL, en la parte superior de la escalera principal del Palacio de la Moneda, llegando hasta la entrada del Salón Rojo. Una vez allí, a través de la densa humareda provocada por el incendio de una parte del edificio y las explosiones de bombas lacri­mógenas, granadas de cañones sin retroceso de 75 mm y de ca­ñones de tanques Sherman, el capitán de la patrulla de penetra­ción vio a tres o cuatro civiles que, con subametralladoras, tra­taban de enfrentarse al ataque militar. El capitán disparó su arma automática defectuosamente, soltando el gatillo de inme­diato. Una de las tres balas percutadas dio en el estómago de uno de los civiles. Un soldado de la patrulla de penetración tam­bién disparó. Impactó en el abdomen del mismo civil, ya herido en el estómago. Sólo en ese instante reaccionó el capitán de la patrulla, reconoció al civil que yacía en el suelo, retorciéndose de dolor, y lo acribilló con una ráfaga de su fusil ametrallador. «¡Cagamos al Presidente!», gritó el capitán, mientras saltaba hacia la escalera de entrada huyendo del fuego que disparaba un grupo de civiles combatientes que habían irrumpido en el Salón Rojo desde una puerta lateral, cuando Salvador Allende caía muerto acribillado por el fuego de la patrulla de la Escuela de Infantería. El capitán y parte de sus soldados corrieron por la escalera principal hacia el primer piso, perseguidos por los civi­les que defendían el Palacio de la Moneda Sólo 40 ó 50 minutos más tarde, las fuerzas de la Escuela de Infantería, del Regimiento Tacna y del Regimiento de Blindados Número 2, lograron eliminar la resistencia de las 32 personas sobrevivientes del grupo que había defendido la sede presi­dencial durante cinco horas. Todo el segundo piso del edificio fue ocupado por las tropas invasoras. El primer piso ya estaba en sus manos desde una hora y media antes.

El jefe de las tropas invasoras, general de brigada Javier Pa­lacios Ruhman, flanqueado por el capitán Roberto Garrido y su patrulla de penetración, entró al Salón Rojo, se inclinó sobre el cadáver de Salvador Allende Gossens…”

 

“Para Santiago, la capital de Chile, con casi un tercio de la población nacional concentrada en ella, la blitzkrieg de los ge­nerales sublevados tenía dos objetivos de combate principales: «alfa uno» y «beta uno».

«Alfa uno» era el cerco, ataque y toma del Palacio de la Mo­neda, con el propósito de hacer prisionero a Salvador Allende y preparar después su «suicidio» en condiciones remedadas de la autoeliminación de un antiguo presidente chileno, José Ma­nuel Balmaceda, en 1891. El cálculo de las tropas invasoras de la población civil chilena para la operación «alfa uno» era de 120 minutos después del inicio del ataque (las nueve de la mañana). El análisis del Servicio de Inteligencia no contó, en nin­gún momento, con la decisión del puñado de civiles que habría en el interior del palacio de defenderse hasta el último hombre. Ellos esperaban que Salvador Allende, ante el despliegue de tropas de infantería, carros blindados, tanques y amenaza de bom­bardeo aéreo, se rindiera. Esto, según los cálculos de la Inteli­gencia Militar —que había trabajado en la preparación de la blitzkrieg desde octubre de 1972—, daba tiempo a los generales insurrectos para armar el «suicidio» de Allende —inducido o por la fuerza— y anunciarlo al país alrededor de la una de la tarde de ese día 11 de septiembre de 1973.

Pero no ocurrió así. Allende y sus acompañantes, todos civi­les, resistieron hasta el último cartucho. Todo el aterrador apara­to de guerra preparado para rendirlo tuvo que ser puesto en funcionamiento, y se tardó cinco horas de combate efectivo en reducir a un grupo de poco más de cuarenta personas.

Cuando a las 14.50 horas del día 11 de septiembre, el coman­do de los generales sublevados anunció al país que «el Palacio de la Moneda ha sido reducido por las fuerzas militares», ha­bían transcurrido cinco horas de resistencia de 42 civiles pro­vistos de fusiles ametralladores y un bazooka, contra el asedio de ocho tanques Sherman, dos cañones sin retroceso, de 75 mm, montados en jeeps, doscientos hombres de infantería de dos regimientos de Santiago, y el bombardeo de dos aviones de caza a reacción Hawker Hunter que dejaron caer, haciendo blanco, entre las 11.56 y las 12.15 de ese día, dieciocho de sus cohetes, además de ametrallar el techo y el segundo piso de La Moneda.

Y en el transcurso de esa resistencia inesperada para los cálculos de los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas chilenas (con el asesoramiento de los expertos militares nortea­mericanos y brasileños que participaron en la preparación de la blitzkrieg), se vino abajo toda la trama montada para tener un «suicidio limpio» de Salvador Allende. El cadáver acribillado, cubierto por una ensangrentada bandera chilena, en el Salón Rojo del Palacio de La Moneda, estuvo a punto de hacer fraca­sar, con graves consecuencias para los generales insurrectos, «alfa uno». Los generales conspiradores se demoraron cuatro horas (desde las tres hasta las siete de la tarde de ese día), en montar un improvisado escenario dentro de los escombros de La Moneda para «demostrar» el «suicidio» de Allende, buscándole un «testigo presencial» que sirvió para el papel bajo la amenaza de ser acusado, por los propios altos mandos subleva­dos, como «asesino del Presidente de la República».

 El apresurado montaje del escenario del «suicidio» fue tan improvisado, urgido por el tiempo que corría, que resultó una historia burda, llena de contradicciones y de mentiras evidentes. Y su debilidad era aún más evidente para los propios altos mandos militares, los cuales no se ponían de acuerdo con la celeridad necesaria y demoraron su decisión de dar la noticia a todo Chile más de veinte horas. Tenían miedo de dar a conocer los detalles fabri­cados a los chilenos, porque estos tenían la capacidad de juicio suficiente para darse cuenta de las contradicciones y las false­dades. Por eso, dejaron salir primero la noticia al exterior, a tra­vés de los corresponsales extranjeros, y sólo veinticuatro horas más tarde, cumplida en lo principal la tarea «beta uno», la die­ron a conocer a los chilenos.

En síntesis: Originalmente, al lanzar la blitzkrieg de muerte y destrucción contra las organizaciones populares chilenas, los generales sublevados esperaban utilizar el «suicidio» programa­do de Allende como efecto de desmoralización para los focos de resistencia a su invasión del país. Pero, al fracasar el itinerario primitivo de su operación «alfa uno», se vieron impedidos de hacer uso de este arma de guerra psicológica, que se volvía contra ellos, y demoraron la noticia hasta que lo principal de la resistencia civil a la invasión militar de los generales suble­vados concluyó. El asesinato del Presidente de Chile por las fuerzas militares, realizado «fuera de programa» por un capitán de infantería, hizo pedazos la trama preparada para un «suici­dio impecable», y, al final, sirvió para dejar al descubierto, a pesar de los esfuerzos en sentido contrario realizados por el equipo de propaganda de los militares, toda la dimensión de frialdad, planificación previa y decisión consciente de los altos mandos militares para destruir por medio del asesinato masivo, de la prisión de millares de hombres y mujeres, e incluso niños, y del aterroriza miento de centenares de miles de chilenos, toda la organización popular existente hasta ese día de septiembre, y preparar así las condiciones para gobernar por el terror y la muerte a todo un país; para mantener ocupada por fuerzas mi­litares de mando extranjero una nación derrotada por una blitzkrieg. “

“Los generales sublevados pensaban que «beta uno» podría ser completada al atardecer del día 11, después de haber dado a conocer «el suicidio» de Salvador Allende, tal como se pre­paraba según el plan de «alfa uno». Pero el «suicidio» falló y la resistencia del pueblo en los cordones industriales de Vicuña Mackenna y Los Cerrillos, en Santiago, continuó toda la noche del 11 al 12 de septiembre, y sólo declinó al mediodía del 12, cuando las precarias municiones de los trabajadores se acaba­ron y se completaron las acciones de asesinato masivo a po­bladores de sectores habitacionales obreros, como La Legua y La Hermida.”…esta verdad es la que no ha de mostrar, los canales de televisión.

En la antesala del golpe miliar, se promovieron las condiciones subjetiva comunicacionalmente… “Fue el alto mando de la Marina chilena quien, en julio de 1973, rompió el equilibrio de opiniones, dando un golpe de fuer­za audaz y macabro, en combinación con la organización Co­mando de Ex Cadetes, que era adiestrada por la Agencia Cen­tral de Inteligencia norteamericana a través de un relaciones públicas de la empresa multinacional Ford Motor, el periodista chileno Federico Willoughbly MacDonald .

En ese mes, los almirantes golpistas recurrieron al asesi­nato político para avanzar en su trama y prevenir ser descu­biertos antes de tiempo. Por medio de un equipo comando de asesinos profesionales, dirigidos por un miembro del Servicio de Inteligencia de la Marina, organizaron y llevaron a cabo el asesinato del edecán naval del Presidente Allende, comandante Arturo Araya Peters, en la noche del 26 de julio de 1973, en su propia casa. El asesinato del marino fue hecho en combinación con el grupo de conspiradores de los Carabineros, que domina­ban el Servicio de Inteligencia de ese cuerpo de policía milita­rizada. “

El comandante Arturo Araya Peters, era un marino leal al Presidente Allende y un obstáculo para los objetivos de los conspiradores…con su asesinato impedían que Araya, hombre muy cercano al pre­sidente Allende  fuera ascendido a contralmirante en noviembre-diciembre de 1973 y pasara a for­mar parte del Estado Mayor de la Armada Nacional. Esto debía ocurrir porque Araya Peters terminaba su período de dos años reglamentario como edecán naval del Presidente en septiem­bre de 1973, incorporándose de inmediato al servicio activo y, también por reglamento, debía ser ascendido a la penúltima graduación más alta de su arma. Esto dejaba al presidente Allende con un hombre importante en el seno del Estado Mayor naval. Es decir, en el seno de la conspiración para derribar al gobierno constitucional…la fecha del golpe aun no la tenían definida, al momento del asesinato del Edecán Araya.

Hoy a 40 años podemos analizar el contexto histórico, darnos cuenta de la errada lectura que se tuvo de los hechos…el 29 de junio fue un día clave para los golpistas…agosto transcurrió entre maniobras políticas de la oposición sediciosa y un gobierno que se aferraba a la constitucionalidad de las FF.AA.

 

“Esa mañana del 8 de agosto era la de un día con nubarrones de tormenta para la estabilidad política de Chile: se había desencadenado un paro empresarial destinado a hacer naufra­gar la economía chilena; en respuesta, las organizaciones de trabajadores exigían a Allende que les permitiera «resolver con nuestras propias manos el paro empresarial»; mientras tanto la conjura industrial-militar-norteamericana empezaba la cuenta regresiva de una embestida final, calculada en medio año a par­tir de agosto-septiembre, que dejaría la situación «madura» para que los militares se hicieran cargo del poder total.

Sin embargo Salvador Allende no veía la situación global del mismo modo. Sus informaciones sobre la conjura militar, muy fragmentarias, y principalmente manipuladas por la con­trainteligencia del Ejército y de Carabineros, le habían hecho formarse un cuadro errado de la magnitud de la conspiración. Él creía que había un pequeño «foco» en la Armada, dirigido por el comandante en jefe de la Primera Zona Naval (Valpa­raíso, principal puerto chileno a una hora y media de Santiago por carretera), vicealmirante José Toribio Merino, y otro «pequeño foco» aislado, en la Fuerza Aérea, que tenía «las sim­patías» del general César Ruiz Danyau. Razonando sobre estos datos, Allende, aquella mañana del 8 de agosto, pensó que podría tratar de resolver la crisis política global en que se en­contraba, dando un golpe de efecto contra los conspiradores tanto civiles como militares, incorporando a TODAS las ramas de las Fuerzas Armadas y Carabineros a su gabinete de minis­tros, y, por otro lado, desalentar los esfuerzos de las organiza­ciones de trabajadores por lanzar una embestida contra las fuerzas empresariales oligárquicas, mostrando una actitud de fuerza respaldada por los cuatro comandantes en jefe.

Para conseguir la participación militar en el Gabinete, esa mañana del 8 de agosto, Allende leyó a los cuatro jefes milita­res el informe de la policía civil sobre el asesinato del edecán naval, comandante Arturo Araya Peters, y les explicó que «si el pueblo se entera de esta verdad, Chile tendrá medio millón de muertos», porque los obreros y campesinos «se lanzarán contra los cuarteles de la Marina y de Carabineros para aplas­tar a los conjurados y asesinos de Araya Peters». Definió el in­forme como una bomba de tiempo. Y explicó que lo mejor era resolver el problema de la «conjura» de la Marina y de Carabi­neros «de modo confidencial e institucional». Agregó que el in­forme de la policía civil tenía una segunda parte, que él pre­fería no mostrar por ahora, en la cual se probaba la «conexión de los asesinos del comandante Araya Peters con fuerzas arma­das extranjeras».

Por eso, explicó, lo mejor era, en ese momento, que «las instituciones armadas de Chile muestren cohesión y apego a la constitucionalidad y las leyes» integrando un Gabinete de «unidad nacional», para «apaciguar los ánimos», resolver el paro empresarial en sus inicios y no cuando ya fuera grave, «como el de octubre de 1972», y dar tiempo al poder ejecutivo para promulgar diversas leyes que pedían la Democracia Cris­tiana y el Partido Nacional por encargo de la Sociedad de Fo­mento Fabril y Sociedad Nacional de Agricultura.

Los comandantes en jefe aceptaron. El jefe de la Marina fue nombrado ministro de Hacienda; el de la Fuerza Aérea, de Obras Públicas; el del Ejército, de Defensa, y el de Carabineros, de Vivienda. En la mañana del 9 de agosto, Salvador Allende anun­ció dramáticamente al país la composición de su nuevo Gabi­nete, definiéndolo como de «seguridad nacional» y calificándola de «la última oportunidad para evitar el enfrentamiento entre chilenos».

Pero, el fondo de la cuestión era que Allende había puesto la primera frase de su propia condena a muerte por parte de los conjurados. El general de aviación Ruiz Danyau comunicó a José Toribio Merino, almirante, los términos en que Allende leyó el informe sobre el asesinato del ex edecán naval Araya Peters, y la idea que quedó entre los altos mandos conspiradores era que Allende estaba «peligrosamente cerca de la verdad», y que, si tenía tiempo para profundizar en la investigación, podría llegar a tener un cuadro completo de la conexión Pentágono-Marina-Fuerza Aérea-Ejército-Carabineros, del cual haría uso político en el exilio. Fue el propio Merino quien primero opinó en los días siguientes que «a este individuo hay que matarlo o suicidarlo, no nos queda otra».

No obstante, la decisión final de eliminar físicamente al pre­sidente Allende no surgió hasta la noche del martes 21 de agosto, en una reunión en la que no participó el coman­dante en jefe subrogante del Ejército, general Augusto Pinochet Ugarte. (De hecho, Pinochet no supo nunca que Allende iba a ser asesinado. Se enteró de este plan en la tarde del 11 de septiembre, cuando la muerte del Presidente estaba consu­mada y se montaba afiebrada mente el espectáculo del «suici­dio».)

Sólo el entonces jefe de la Primera Zona Naval, vicealmi­rante José Toribio Merino; el general César Mendoza Duran, de Carabineros, y el general Gustavo Leigh Guzmán, nombrado el 20 de agosto comandante en jefe de la Fuerza Aérea, prepararon el plan para eliminar físicamente a Allende.

Y esa decisión final surgió como secuela de una torpeza mayúscula cometida por el general César Ruiz Danyau el vier­nes 17 de agosto. Impulsado por ambiciones personales, y cre­yendo que «la situación estaba madura», Ruiz Danyau preparó a la guarnición aérea de Santiago, compuesta de dos bases, una de apoyo terrestre y otra de caza y bombardeo, para un «pro­nunciamiento militar» el lunes 20 de agosto, que él creía que arrastraría al resto de las Fuerzas Armadas a su lado. Para desencadenar el golpe, Ruiz Danyau renunció a su cargo de mi­nistro de Obras Públicas el viernes 17 de agosto. Esto signifi­caba que Allende tendría que pedirle la renuncia como coman­dante en jefe de la Fuerza Aérea y, planeaba Ruiz Danyau, esta institución militar debía resistirse, sublevarse y provocar la caída de Allende, así como su nombramiento como jefe de una Junta Militar de Gobierno.

Allende, conociendo en parte el juego de Ruiz Danyau, de­moró su aceptación de la renuncia hasta el día siguiente, sábado 18 de agosto. Mandó llamar a reunión en el Palacio de la Moneda al jefe de la Marina, almirante Raúl Montero; al jefe del Ejér­cito, Carlos Prats, y al segundo general más antiguo de la Fuerza

Aérea, Gustavo Leigh Guzmán (éste era uno de los jefes de la conspiración, pero Allende no lo sabía). En la reunión, Allende les hizo escuchar una grabación en cinta magnetofónica de una conversación en que participaban un coronel retirado de avia­ción y dos o tres personajes más. En la grabación se oía decir al coronel retirado que «el grupo» ya había comenzado a «ope­rar diversas unidades» para convencer a los altos mandos de las tres ramas de las Fuerzas Armadas «para que abandonen a Allende» y se «sumen a la cruzada de lucha contra el mar­xismo». Agregaba que «los americanos están en conocimiento de nuestra acción y la aprueban», y citaba una sola vez, que «mi general Ruiz Danyau está a muerte con nosotros».

Allende dijo entonces a Gustavo Leigh Guzmán que se debía entender que «en este complot» hay «traición a la patria», hay una potencia extranjera en complicidad con generales «de la República de Chile». «Esto es un baldón moral para nuestras fuerzas armadas.» Acto seguido señaló a Leigh Guzmán que él debía aceptar la comandancia en jefe de la Fuerza Aérea, aprobar el llamado a retiro de Ruiz Danyau y convencer a las unidades aéreas que pudieran apoyar a Ruiz que no hicieran semejante cosa. Leigh Guzmán, probablemente muy sorpren­dido por el texto de la grabación que había escuchado, aceptó la proposición del presidente Allende, el cual amenazaba con «dar a conocer a Chile esta infamia».5

Al día siguiente, sin informar a Ruiz Danyau de nada, Leigh Guzmán habló con José Toribio Merino, de la Marina; César Mendoza, de Carabineros, y Augusto Pinochet, del Ejército. Les indicó, según parece por los sucesos posteriores, que había que desembarcar a Ruiz Danyau, no apoyar la insurrección de la guarnición aérea de Santiago y esperar el momento preciso para dar el golpe.

Así ocurrió. Al día siguiente, lunes 20 de agosto, la oficialidad de las bases aéreas El Bosque y Los Cerrillos, de Santia­go, se auto acuarteló, solicitando apoyo a la Marina de Guerra y a los regimientos Tacna y Buin, así como a la Escuela de Suboficiales y Regimiento Blindado Número 2, ambos acanto­nados en la ciudad. El día, en todo caso, estaba bien elegido. Salvador Allende viajó en helicóptero a Chillan (unos 500 ki­lómetros al sur de Santiago) para asistir a la ceremonia de conmemoración del natalicio del padre de la patria, el general Bernardo O’Higgins. Sin embargo, el resto de los generales cons­piradores habían decidido hacer abortar este golpe «a destiempo» y dejar caer la guillotina sobre el cuello de su cómplice César Ruiz Danyau.

Desde el Ministerio de Defensa, el Estado Mayor Conjunto de la Defensa Nacional, que reúne a las tres ramas milita­res, tomó las medidas de parlamento y convencimiento pa­ra los oficiales aéreos auto acuartelados y ya al mediodía estaban todos de acuerdo en que había que «esperar» y que mientras tanto, el general César Ruiz Danyau sería llamado a retiro, el general Gustavo Leigh Guzmán asumía la comandancia en jefe de la Fuerza Aérea y, por último, en el ministerio de Obras Públicas se nombraba a otro general de aviación, Héctor Magliochetti .

Todo aparentaba ser una rotunda victoria política de Salva­dor Allende. Joan Garcés, ciudadano español y asesor económi­co de Allende, en su testimonio ante la Asamblea General de las Naciones Unidas del 9 de octubre de 1973, indicaba: «Esa noche, a su regreso a Santiago, el presidente Allende es informado de que el general Pinochet, comandante en jefe subrogante del Ejército, fue requerido para que se sumara al golpe y, según él mismo, respondió: "Soy un general respetuoso de la Constitu­ción y seré leal al Gobierno hasta las últimas consecuencias."»

Resulta notable el hecho de que hasta la mañana del 11 de septiembre, cuando el general Pinochet dirigía desde los fal­deos cordilleranos de Peñalolén, en Santiago, la invasión mili­tar a la ciudad y el ataque y destrucción de La Moneda, todavía Salvador Allende pensaba en él como «un general leal» y lo lla­maba por teléfono para preguntarle: «¿Qué está pasando, Au­gusto?»”

allende_metralletaSalvador Allende murió combatiendo ese día, quienes fueron sus amigos más cercanos, sabían que él sería incapaz de quitarse la vida, estaba lejos de toda lógica, de lo que fue su vida de luchador social y político.

 

 

 

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